_ Una columna de Gustavo Rossi
Estamos frente a un conflicto milenario y complejo, pero partamos de un presente más cercano en este explosivo Medio Oriente, hagamos foco solo en la República Islámica de Irán, más específicamente en el año 2020, cuando el gobierno de un desgastado Benjamín Netanyahu buscaba consolidar un nuevo liderazgo basado en la construcción de relaciones de buena vecindad con el mundo árabe.
Allí surge la idea, la mejor herramienta en este proceso, era la IA y los avances científicos; cambiar tecnología por paz se presentaba como el mejor camino. Así nace este proyecto de consolidación de relaciones diplomáticas denominado “Acuerdos de Abraham”, nombre emblemático, un nexo fuerte y respetable entre el mundo musulmán y el judío. Hagamos solo un párrafo para saber el porqué del nombre.
Abraham, su importancia no es solo religiosa, sino también simbólica y cultural: representa un punto de origen común entre tradiciones que luego se separaron, pero que comparten su figura como padre espiritual. En el judaísmo, Abraham es el primer patriarca, el hombre que establece la alianza con Dios y da inicio al pueblo de Israel junto a su hijo Isaac. En el islam, de la mano de su otro hijo Ismael, representa Ibrahim, un profeta ejemplar, modelo de fe y absoluta observancia a la voluntad divina. En ambos casos, su rasgo central es el mismo: la fidelidad inquebrantable a Dios.
La paz por tecnología era la base fundamental de este acuerdo; el mundo árabe (sunita) debía comenzar a enfrentar los desafíos de incorporar IA a sus esquemas científicos, productivos y sociales. Necesitaban tecnología de seguridad e inteligencia, tecnología del agua y agricultura, ciber tecnología y startups (inversiones árabes en startups israelíes, desarrollos conjuntos en IA, fintech y big data y creación de hubs tecnológicos en común). Compartir estos avances a cambio de buena vecindad era más que importante y prometedor para los descendientes de ambos hijos de Abraham.
Los primeros países en suscribir el acuerdo del patriarca fueron: Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos en 2020; Sudán en 2021. En el año 2023 comenzaba a consolidarse el convenio con Arabia Saudita; todo venía en camino.
Este compromiso sostenido bajo la advocación de semejante figura parecía inquebrantable, pero existía un elemento disonante en el mundo árabe musulmán: los chiitas, concentrados mayoritariamente en la República Islámica de Irán, vieron que se trataba de una futura alianza árabe-israelí en su contra, una coalición hostil disfrazada de paz, y buscaron hacerla volar por los aires.
7 de octubre de 2023, el líder espiritual de la República Islámica de Irán, Jomeini, activa su célula terrorista palestina, atacan Israel, y el desastre humanitario de una masacre horrorosa es llevada a cabo. Más de 1.100 muertos y 251 secuestrados, todos ellos bebés, niños, adolescentes, mujeres, hombres y ancianos. No fue una escaramuza menor, como tal vez pensó Netanyahu; fue un exterminio planificado por la República terrorista de Irán y ejecutado por sus asesinos: hamás.
Se abrirían las puertas del infierno: la guerra se cobraría miles de vidas en ambos bandos; el teatro de operaciones abarcaría Israel y Gaza, y luego se extendería al Líbano. Hubo apenas una breve pausa de pocos días, tras la cual comenzaron los bombardeos cruzados entre Israel e Irán. La contienda duró 12 días y no logró desarticular ni la cúpula de los ayatolás ni sus búnkeres con uranio enriquecido.
El intervalo solo sirvió para que el régimen iraní aplastara a su propio pueblo que salió a las calles pidiendo libertad; se calcula que 40 mil iraníes murieron a manos del “Basij” (milicia paramilitar de los ayatolás).
Pero la mañana del 28 de febrero de 2026, aviones estadounidenses e israelíes entrarían al espacio aéreo de Teherán y dejarían caer bombas antibúnker en la calle Pasteur, en las oficinas del ayatolá Ali Jamenei… calle Pasteur… vaya paradoja del destino. Ese bombardeo quirúrgico se llevaría la vida de casi toda la cúpula de gobierno y militar de Irán.
Hoy, a más de 20 días de ataques constantes, lejos está de caer el régimen del nuevo ayatolá, el temeroso Mojtaba Jamenei, hijo del histórico líder muerto. Existen varios factores que juegan por estas horas para establecer el fin del conflicto: cuánta capacidad de fuego aún le resta al régimen iraní, cómo seguirá impactando en la economía mundial la suba del precio del barril de petróleo y la proximidad de las elecciones presidenciales tanto en EE. UU. como en Israel.
La pregunta ya no es si habrá paz, sino cuánto tiempo más podrá sostenerse la guerra.
