La salida de Naranja X de Alta Gracia ya es un hecho. La sucursal cerró sus puertas y con ella se fue mucho más que un punto de atención: se desarmó un espacio cotidiano para cientos de vecinos que encontraban allí algo que ninguna app puede reemplazar del todo: la atención humana.
La medida se enmarca en una reestructuración a nivel nacional que incluye el cierre de oficinas físicas en distintas ciudades, como Río Tercero y Marcos Juárez. En algunos casos, como el de Río Tercero, el impacto fue inmediato: despidos y reubicaciones que evidencian que la transformación digital no es neutra, sino que tiene consecuencias concretas en el empleo.
El argumento empresarial es claro: migrar hacia un modelo de atención digital, más eficiente, más ágil, más acorde a los tiempos que corren. Y es cierto que el sistema financiero en su conjunto viene avanzando en esa dirección. Pero la pregunta incómoda y necesaria es: ¿A quién deja afuera ese avance?
En Alta Gracia, la sucursal de Naranja X no era solo un lugar para pagar o gestionar trámites. Era, para muchos adultos mayores, la única forma posible de vincularse con sus finanzas. Personas que no manejan aplicaciones, que no tienen acceso fluido a internet o que, simplemente, no confían en lo digital como única vía.
El cierre deja al descubierto una brecha que no es nueva, pero sí cada vez más evidente: la brecha digital. Mientras una parte de la sociedad se adapta rápidamente a las plataformas online, otra queda relegada, obligada a depender de terceros o directamente a resignar autonomía.
¿Es progreso si una parte de la población queda afuera? ¿Es eficiencia si implica perder el acceso a derechos básicos como la gestión del propio dinero?
La digitalización no es, en sí misma, el problema. El problema es cuando se implementa sin contemplar las desigualdades reales. Cuando se asume que todos los usuarios tienen las mismas herramientas, los mismos conocimientos y las mismas posibilidades.
El caso de Alta Gracia funciona como un espejo de lo que está ocurriendo en muchas ciudades del interior: menos presencia territorial, menos contacto humano, más virtualidad. Y en ese cambio, hay sectores que avanzan… y otros que quedan atrás.
Hoy, quienes solían hacer fila en esa sucursal, muchos de ellos adultos mayores, deberán enfrentarse a una nueva realidad. Una donde la pantalla reemplaza al mostrador, pero no necesariamente resuelve sus necesidades.
La situación sigue en desarrollo, pero el debate ya está planteado. No se trata de frenar el avance tecnológico, sino de preguntarnos cómo se implementa y a quiénes incluye.
Porque si el futuro es digital, la pregunta urgente es: ¿quiénes van a poder habitarlo?
