Desde aquellas campañas publicitarias del año 1983, donde la muñeca de Alejandro Romay para manejar la imagen del radicalismo (y la falta de muñeca de Herminio Iglesias para quemar un cajón en un cierre de campaña) determinaron la primera derrota peronista y el nacimiento del periodo más extenso de Democracia que conozca el país, las campañas han variado hasta convertirse en una competencia de imágenes, colores y logos en maratón incesante.
La magia del fotomontaje
Mauricio Geremía asoma en un cartel junto a Daniel Scioli, (quien difícilmente conozca a todos los referentes de su partido que comparten vitrina), fotomontaje mediante. Macri se la pasa sonriendo y tomando mate de frente a cámara con personas a las que solo se les ve la nuca para convencernos de que es un hombre sencillo. En Córdoba Capital otro cartel con fondo negro resalta la idea de que De la Sota + Massa + Massei son…¿qué?
Entrando a barrio Alberdi por la avenida Santa Fe, en la capital provincial, una gigantografía dice: «Alberdi, de corazón celeste». ¿Es una publicidad del club Belgrano para captar más socios?, negativo. Scioli parece ser hincha de Belgrano en Alberdi, de Talleres en barrio Jardín, y alentar por Instituto en Alta Córdoba.
Lejos están las campañas que buscaban un posicionamiento ideológico claro, como el lápiz rojo de Angeloz, la «Revolución productiva de Menem», o la “Entrada a la vida de Alfonsín”.
La publicidad parece haber ganado el pulso a la propaganda. Hoy se votan imágenes, pura forma carente de contenido. Se vende un candidato con las mismas reglas de marketing que se vende una camioneta o una gaseosa. La botella ya no contiene el mensaje, la botella ahora es el mensaje.
El año electoral ha saturado postes, paredes y oídos con slogans, carteles y pasacalles. En medio de tanta saturación mental la consigna es diferenciarse, ser más llamativo que el otro, aunque en el camino no se diga absolutamente nada de lo que harán cuando lleguen al gobierno
