Columna especial de Gustavo Rossi, periodista especializado en Política Internacional. Brasil está muy próximo desde el punto de vista del calendario electoral para elegir un nuevo presidente; las posibilidades que “Lula” da Silva, condenado a 9 años y seis meses de prisión por corrupción pasiva y lavado de dinero, de ser habilitado como candidato es casi imposible, a tenor de la propia ley de presidenciables sin condenas judiciales que se promulgara durante su presidencia “Ficha Limpia”. Esto genera un malestar social muy marcado, porque Lula encabeza la intención de votos con un el 30%, lo sigue Jair Bolsonaro con un 19%. La lógica jurídica más allá de las presiones sociales hablan que Lula no podrá estar en la fórmula presidencial del PT (Partido de los Trabajadores); hay que tener en cuenta que el porcentual de votantes lo elige al propio Lula y no a la estructura partidaria. Se especula que el ex alcalde de San Pablo, Fernando Haddad podría ser el candidato petista junto a Manuela D’ Avila como su vice. Lo que sí está claro es que la intención de voto no es transferible.
Bajo este contexto surge Jair Bolsonaro, un ex militar que ya incursiona desde el Parlamento en la política. No es un outsider al 100% como lo fue Donald Trump, pero las similitudes lo arriman a ese perfil. ¿Quién es Bolsonaro? Es un obsesivo en comunicarlo todo a través de las redes sociales; la opinión pública lo cataloga de misógino y racista. De hecho, con respecto a la inmigración venezolana llegada por miles al norte de Brasil ante el colapso económico de aquel país, plantea crear campos de refugiados y no permitirles ingresar a formar parte de la sociedad brasilera; se muestra en contra de la comunidad homosexual, a más de ser un declarado anti izquierda y detractor de las instituciones sindicales. Sus declaraciones explosivas lo llevaban a un papel de “loco en la política”, pero hoy la intensión de votos que arrastra lo sitúan en otro escenario y lo ubican en una suerte de Donald Trump versión brasilera.
