
La Revolución Islámica en Irán llegó a tomar volumen social por la fuerza de sus mujeres movilizadas. Ellas, ofuscadas por las frivolidades del Sha Reza Pahlavi y su obsesión por occidentalizar a Persia en todos sus aspectos, generaron el caldo de cultivo para líderes despiadados como Ruhollah Khomeini, quien capitalizaría ese descontento popular mostrando únicamente un aspecto religioso chiita, con el que lograría empatizar con la sociedad persa del momento. Les hablaba de reparar la desigualdad social, sobre todo entre los habitantes de la zona rural con respecto a de la ciudad; volvía a levantar una fuerte impronta nacionalista, casi chauvinista, en contra de la dependencia del Sha respecto de los Estados Unidos.
El movimiento estudiantil también jugó un papel trascendental en la revuelta que se avecinaba. El futuro ayatolá mostraba con dulzura paternal que el laicismo extremo los alejaba de Alá. Las jóvenes, como elemento de rebelión contra el Sha, se colocaban en las manifestaciones el hiyab, el mismo que luego se convertiría en su prisión personal.
Volvamos a 1979. Según el calendario iraní, ese 22 de Bahman de 1357 (11 de febrero), las manifestaciones que venían sucediéndose desde 1978 marcaron el día culminante. Esa fría mañana el ejército iraní declaraba su neutralidad y los cuarteles militares eran abandonados. El gobierno del primer ministro Shapur Bakhtiar había quedado vacío de poder: colapsaba.
La revolución islámica se quedaba con el manejo de Persia. Ruhollah Khomeini, venido de su exilio de quince años, se convertía en el ayatolá, líder político y religioso de la rebautizada República Islámica de Irán.
Quienes lo habían acompañado con más predisposición y fuerza que los propios hombres pasaban de ser sus aliadas directas a objetos al servicio de sus esposos o padres. Su destino inmediato sería permanecer detrás, ocultas, bajo el hiyab. Este ropaje, paradójicamente, pasaba de símbolo de protesta a instrumento de sometimiento en una sociedad machista y religiosa que había traicionado a las mujeres encubriendo sus verdaderas intenciones.
El hiyab, ese grito de libertad contra el Sha, se transformaba en vestimenta única y obligatoria para todas las mujeres, que no podían quitárselo ni llevarlo, según los parámetros islámicos, de forma inadecuada. Para garantizarlo se creó una policía de la moral religiosa que detenía y golpeaba a quienes desobedecieran la nueva norma.
Así nacía el infierno de un régimen clerical chiita que subsumiría a una cultura milenaria en el oscurantismo religioso. El fanatismo dividiría al mundo entre fieles e infieles a destruir. Tomaban volumen los grupos terroristas al servicio del horror: la Guardia Revolucionaria Islámica, como ejército paralelo al regular; Hezbolláh; Hamás; los hutyés, y cuanto grupo violento dispuesto a matar, era financiado por el gobierno de los ayatolás de la República Islámica de Irán.
Las mujeres, a lo largo de estos cuarenta y siete años de atropello, nunca bajaron la guardia, persistieron en la protesta, en la reivindicación de sus derechos y en la defensa de los derechos humanos de una población que el régimen masacraba en cada manifestación.
Quedarán en la historia, la que comenzará a escribirse con la caída del régimen, mujeres como Shirin Ebadi, abogada y defensora de derechos humanos, azotada en la plaza pública de Teherán y encarcelada por no renunciar a sus derechos como ciudadana.
Narges Mohammadi, activista de derechos humanos y periodista iraní, ganó el Premio Nobel de la Paz en 2023 por su lucha contra la opresión de las mujeres y por los derechos humanos en Irán. Ha sido arrestada numerosas veces, sus condenas acumuladas superan los treinta años de prisión y los ciento cincuenta latigazos según sentencias del régimen.
Mahsa Amini fue la muerte que enfureció a todo Irán y desató una rebelión nacional. Tenía veintidós años cuando fue arrestada por la policía de la moral por llevar incorrectamente el hiyab, murió en manos de la policial religiosa tras golpes y malos tratos.
Mahsa se convertiría en el símbolo del movimiento feminista contra el hiyab obligatorio. Desde el Kurdistán surgió el grito que recorrería el país: “Jin, Jiyan, Azadî”, que en kurdo significa “Mujer, Vida, Libertad”. Tres palabras que resumen el sentido profundo de su lucha.
El liderazgo femenino, resultó decisivo para iniciar la decadencia del régimen de los ayatolás. Se cuestionaba la crueldad en el trato hacia las mujeres, la falta de legitimidad moral del régimen y el accionar asesino contra su propio pueblo.
El régimen está al caer, no solo por el peso de las bombas estadounidenses e israelíes, sino por las mujeres, que una vez más en la historia persa, vuelven a ser protagonistas, pero esta vez el grito fue más fuerte y más claro que nunca: “Nos están quitando la vida, pero no nos van a quitar la libertad”.
Hoy vuelven a ponerse de pie a sabiendas que cuando una mujer se quita el velo en Irán no está desafiando solo una norma religiosa, está desafiando a todo un sistema de poder clerical que siempre combatió. Y ese desafío se resume en un grito que ya cruzó las fronteras del país y se convirtió en símbolo universal de resistencia:
Mujer.Vida.Libertad.
Lic. Gustavo Rossi – Periodista especializado en medio oriente.







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