Fisuras es un libro escrito por varones con consumos problemáticos, internados en La Granja del Refu. No es un libro para leer “así nomás”: es un libro para detenerse, mirarlo fijo y comprender que ahí adentro late una vida que todavía quiere ser contada.
Cuando llegue a la presentación, me encontré con un ambiente cargado de emoción y nerviosismo. Entre familiares, amigos y profesionales, el grupo de aproximadamente veinte autores esperaba el comienzo de la presentación.
Había un temblor casi invisible en las manos, en las rodillas, en las respiraciones. Pero lo que más hablaba eran los ojos: esos ojos donde convivían el miedo y la esperanza, esas ganas profundas de ser vistos, escuchados, reconocidos.
En La Granja del Refu funciona el Taller Literario coordinado por Julieta Ferrer, un espacio donde, entre palabras, lecturas y silencios compartidos, se busca que los varones internados voluntariamente puedan descubrirse a sí mismos y revisar sus historias.
Para Julieta, escribir va mucho más allá de lo terapéutico: es un acto de valentía.
“Escribir sobre uno mismo, sobre los deseos, es desnudar el alma. Hay que ser valientes para mostrarse desde la vulnerabilidad”, dice.
Para la mayoría de ellos, escribir no es un hábito ni un terreno cómodo; al contrario, es un territorio nuevo y desafiante. Aun así, en un verdadero acto de coraje, estos varones deciden ponerle voz a las fisuras que la vida les dejó y que muchas veces los empujaron hacia el consumo.
“Cuando escribimos, compartimos la carga”, agrega Julieta. Y en cada texto, ese alivio se siente.
El lema del taller y del libro es una frase que, en tiempos de individualismo extremo, suena casi revolucionaria: “Nadie se salva solo.”
Y también es el espíritu que sostiene, día a día, la vida en La Granja del Refu.
La compañía, el grupo, el abrazo, la valentía de pedir ayuda y la aún más difícil tarea de dejarse ayudar estaban presentes en cada mirada expectante. En cada sonrisa nerviosa. En cada poema guardado en un bolsillo como si fuera un talismán.
Cuando comenzó la lectura, entre escritos profundos, duros, crueles y reales, nos adentramos en vidas que no necesitan ficción para estremecer.
Cada poema era una puerta hacia una historia marcada por la fragilidad, pero también por unas ganas inmensas de salir adelante.
El libro nos recuerda algo que la sociedad todavía prefiere repetir a medias:
La adicción no es un juego.
No debe romantizarse.
No es divertida.
No es un estilo de vida.
La mayoría de las veces destruye, quiebra, duele, y deja a su paso familias enteras intentando comprender dónde se perdió el camino.
Y, sin embargo, en cada texto había una chispa. Un intento. Un deseo. La voluntad de no rendirse del todo.
Mientras los chicos leían, el silencio se volvía pesado y a la vez necesario.
No era un silencio incómodo: era un silencio que contenía.
Un silencio que decía: estamos acá, escuchándolos, sin juzgar.
La presentación de FISURAS no fue solo un evento literario. Fue un acto de valentía colectiva.
Un espacio donde veinte varones, atravesados por el dolor y la búsqueda de recuperación, se animaron a decir su verdad frente a un mundo que muchas veces prefiere mirar hacia otro lado.
Y ahí, frente a todos, demostraron que incluso desde las grietas más profundas puede nacer algo hermoso, honesto y necesario.








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