
Un hombre calvo y canoso mira a través de sus anteojos desde la esquina de la calle Avellaneda a su vieja casa de la niñez. Está de paso rumbo a otro destino; su destino. Sin embargo y pese al transcurrir de los años no puede dejar de mirar a la casa donde jugó de niño. De repente, Enrique, uno de sus amigos de la infancia pasa a pocos metros junto a su esposa rumbo a su domicilio y de repente se queda tieso, mirando a ese hombre calvo, que sonríe al ser descubierto y sigue su ruta. Ya es el “Che”: pronto será un mito.
El hombre que nunca se fue
A medio camino entre la leyenda y la realidad, la historia de visitas fugaces de Ernesto “Che” Guevara siguen alimentando su memoria. Ninguno de sus octogenarios compañeros de juegos lo reconocerá, pero hay rumores de que Guevara visitó su casa antes de internarse en Bolivia, donde le deparaba la muerte y la historia. “Yo nunca lo vi de regreso, el que sí lo vio y lo esperó a él y a “Calica” Ferrer en la terminal de Córdoba fue Salduna; comieron un pollo y siguieron de viaje. Sé que anduvo disfrazado, de corbata y sombrero, pero no lo vi más”, confiesa Enrique Martín, uno de sus compañeros de aventuras.
Otros confiesan el relato pero prefieren no dar sus nombres “ya se habló demasiado, prefiero honrar su memoria y la confianza que me tuvo en vida”, confiesan.

Revolución permanente
Habiendo tomado distancia de los dictámenes de Moscú y buscando un Socialismo de base latinoamericana, Guevara tenía un solo camino para no entorpecer los planes de Fidel Castro: seguir con su revolución en otros puntos del planeta. “Una, dos, mil Vietnams”- había indicado Guevara- eran necesarias para destronar al imperialismo y eso no estaba en los planes de los burócratas del Soviet. Primero fue el Congo, donde no pudo prosperar, luego pensó en realizar el camino inverso a San Martín y liberar Sudamérica partiendo desde donde San Martín no pudo avanzar: el altiplano boliviano. Se rasuró la cabeza, se colocó lentes y se agregó abdomen, al punto que ni su familia logró reconocerlo.
Otra leyenda dice que pidió concejo a Juan Domingo Perón antes de su última empresa y este la vetó: “Usted no puede sobrevivir en la altura, debe saberlo como médico por su asma”. Finalmente su casa de la infancia, fue su última sonrisa.









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