Opinión

Arte en la calle: Formas de expresión en movimiento, en libertad

Por Mariano Pacheco*. Ambos habitan el Departamento de Santa María. Ella es de Córdoba capital. Él, de la ciudad de Buenos Aires. Juntos, hace unos meses, prepararon su primer trabajo en común, que se viene realizando cada día en la Plaza Solares, a las 20.30, las 22 y las 23 horas. Y que tal vez continúe en febrero, al menos, durante la primera semana del mes.
Lautaro Capella tiene 28 años, y desde hace uno que vive en Anisacate. Aprendió las destrezas que hoy convida al público en la Escuela de Circo Criollo, en la ciudad de Buenos Aires. El Centro Kultural El Trivenchi, el Teatro Mandril, fueron otros importantes sitios que frecuentó. Hace acrobacia aérea, de piso, malabares. Es el protagonista de las funciones realizadas este mes en Alta Gracia. El espectáculo se llama “Echale semilla: una historia de amor en el aire”, y está desarrollada principalmente a través de la acrobacia aérea (trapecio, lira y cintas), malabares y, también, algún que otro número participativo con el público, que en porciones se renueva, y en muchos casos, asiste por segunda o tercera vez a disfrutar del evento. Situación que se evidencia cuando muchas niñas y niños comienzan a gritar, ni bien empezada la función: “Lu-pi-ta, Lu-pi-ta”.
El personaje de “Lupita” es interpretado por Guadalupe Muñoz Reviglio, quien desde hace unos tres años vive en Villa san Isidro. Tiene 34 años y se define como “chef y pastelera” de oficio, aunque hace cinco años su vida se vio atravesada por el circo. Desde hace un año y medio coordina un “Taller de circo integral” (tela, trapecio, acrobacia de piso) en la comuna de Villa La Bolsa. Allí, “los peques” la conocen como “La Payasa Julia Pamplona”. Para ella, la acrobacia en tela es una forma de trabajar con la “conciencia corporal”, en una búsqueda “integral e integradora” de la diversidad de cada niña y cada niño que participa, donde se trata de “potenciar la diversidad de cada quien y hacer un conjunto integrado”. Guadalupe dice que en el circo se mezcla un poco el juego, otro poco las ganas de hacer lo que a uno le gusta y en cierta forma una búsqueda por ser felices. Define al arte en la calle como “un intento por llegar a un público diverso, tanto al que puede –si quiere– ir y pagar una entrada en un lugar para ver un espectáculo de arte”, como el que no puede, y de todos modos tiene la posibilidad de disfrutar del arte, en la calle, en el espacio público, porque la gorra se pasa, claro, al final de cada show, pero no es obligatorio depositar allí dinero, y en caso de hacerlo, el monto lo define cada uno. “Integración, equidad, igualdad” son palabras que, para “Lupita”, tienen que ver con esta experiencia.
En diálogo con este cronista, Lautaro pone las cosas en su lugar, y comenta el trasfondo de una experiencia en donde no todo es color de rosas. Si llueve, por ejemplo, se suspenden las funciones. Y es un día laboral perdido, es decir, un día en el que regresan a sus casas sin dinero. Si no llueve, el trasfondo del césped que funciona como escenario no se arma solo: ellos descargan cada día 90 sillas y las trasladan unos 100 metros en un carrito; montan el telón y los elementos que van en la estructura; conectan el sonido y las luces; convoca al público para que se acerque; actúan y luego, al final, se ponen a desarmar todo… “Terminamos tarde y llegamos a nuestras casas como a las 3 de la madrugada, pero ver la respuesta del público nos llena de alegría. La gente se acerca, los niños nos piden sacarnos fotos, algunos padres nos hacen críticas, elogios y sugerencias”, cuenta Lautaro, en diálogo con este cronista, mientras observa a “Lupita” que le hace señas para empezar la función y, sin decir nada, cambia su cara, pega un salto y hace una sonrisa mirando al público. Lautaro ya no es Lautaro. Ha dejado lugar al personaje.

*Escritor, periodista.

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